Por:
Mayén Ugarte, Presidenta del Consejo Directivo
Paloma Cotrina, Especialista Legal
Cada 8 de marzo el debate público vuelve sobre temas importantes: brechas salariales, participación laboral femenina o liderazgo de las mujeres en espacios de decisión. Pero hay una realidad estructural que casi nunca ocupa el centro de la discusión: las miles de jóvenes que no estudian ni trabajan porque están cuidando.
En el Perú, alrededor del 17 % de los jóvenes entre 15 y 29 años se encuentra en condición de “Nini”, es decir, no estudia ni trabaja. Esto equivale aproximadamente a un millón y medio de personas.
Sin embargo, detrás de esa cifra hay un dato que cambia completamente la lectura del problema: el 65,7 % de los Ninis son mujeres. En otras palabras, casi dos de cada tres jóvenes fuera del sistema educativo y laboral son mujeres.
Muchas veces esta situación se interpreta como falta de oportunidades laborales o desinterés por estudiar. Pero cuando se observa con mayor detalle aparece una explicación mucho más estructural: las responsabilidades de cuidado y el trabajo doméstico dentro del hogar.
Según la Encuesta Nacional de Hogares, el 73,5 % de las mujeres jóvenes que no estudian ni trabajan declara dedicarse a los quehaceres del hogar, mientras que en el caso de los hombres esa cifra es de 34,4 %. La distribución del tiempo dentro de los hogares sigue siendo profundamente desigual.
Y esta historia suele comenzar temprano.
Desde la adolescencia, a veces incluso desde los 12 años, muchas niñas empiezan a asumir responsabilidades dentro del hogar: cuidar hermanos menores, apoyar en el cuidado de familiares mayores o hacerse cargo de tareas domésticas que permiten que el resto del hogar funcione.
No es extraño, por ello, que muchas jóvenes Ninis señalen que los quehaceres del hogar fueron la principal razón por la que dejaron de asistir a la escuela.
Cuando llegan a los veinte años, muchas de ellas ya han pasado entre ocho y diez años realizando trabajo de cuidado.
Durante ese tiempo han desarrollado habilidades reales: organización del hogar, gestión del tiempo, cuidado de personas, resolución de problemas cotidianos o administración básica de recursos. Sin embargo, cuando intentan ingresar al mercado laboral, el sistema responde con una lógica simple: si no tienes experiencia formal, esos años no cuentan.
Así, miles de mujeres quedan atrapadas en una paradoja silenciosa: han desarrollado capacidades durante años, pero el sistema laboral no las reconoce como habilidades.
Una fuerza de trabajo que el Perú decide no aprovechar
Este problema no solo tiene implicancias sociales. También tiene consecuencias económicas.
En un país donde la informalidad laboral supera el 70 %, mantener fuera del mercado laboral a una parte importante de la población femenina significa desaprovechar una enorme reserva de talento y de fuerza de trabajo potencial.
Desde 2021 el Perú cuenta, al menos en teoría, con una herramienta que podría contribuir a enfrentar parte de este problema: el Marco Nacional de Cualificaciones. Este instrumento busca clasificar y reconocer las competencias de las personas en distintos niveles de complejidad, permitiendo alinear la formación educativa con las necesidades del sector productivo y facilitar el reconocimiento de habilidades adquiridas a lo largo de la vida.
En términos simples, permite certificar lo que una persona sabe hacer, incluso si ese conocimiento no fue adquirido dentro de una institución educativa formal.
En muchos países este tipo de mecanismos se utiliza precisamente para reconocer aprendizajes adquiridos fuera del sistema educativo. En la práctica, por ejemplo, podría permitir que una mujer que ha pasado años cuidando personas pueda certificar competencias vinculadas al cuidado, la asistencia o los servicios, facilitando su acceso a capacitación o a oportunidades de empleo.
El problema en el Perú no es solo que su implementación haya avanzado lentamente.
El problema es que ni siquiera se está discutiendo cómo esta herramienta podría utilizarse para reconocer habilidades desarrolladas fuera del sistema educativo, como ocurre con el trabajo de cuidado.
Mientras el país discute productividad, empleo y capital humano, existe una herramienta de política pública que podría ayudar a reconocer estas habilidades, pero que permanece prácticamente paralizada.
En la práctica, esto significa que el país sigue ignorando años de aprendizaje que podrían convertirse en oportunidades de empleo, capacitación o formalización.
El tema que casi ningún partido está discutiendo
Este vacío de políticas públicas se vuelve aún más evidente cuando se observa el debate electoral.
Desde Horizonte Laboral revisamos los planes de gobierno presentados en el actual proceso electoral y encontramos que: solo 5 de los 36 partidos políticos incluyen propuestas vinculadas a sistemas de cuidados o políticas similares.
Es decir, más del 85 % de los partidos ignora un problema que mantiene a miles de jóvenes mujeres fuera del sistema educativo y del mercado laboral.
Esto resulta particularmente llamativo en un contexto donde se discuten con intensidad temas como formalización laboral, productividad o crecimiento económico, sin tomar en cuenta que uno de los factores que limita la participación laboral femenina -las responsabilidades de cuidado- permanece prácticamente fuera de la agenda política.
La paradoja es evidente.
El propio país ya ha reconocido el valor económico del trabajo doméstico no remunerado. Las cuentas nacionales estiman que representa alrededor del 20,4 % del PBI. Sabemos cuánto aporta el cuidado a la economía. Pero ese reconocimiento aún no se traduce en políticas públicas que redistribuyan esas responsabilidades o que faciliten la inserción educativa y laboral de quienes hoy sostienen ese trabajo.
El sistema de cuidados que el Perú aún no construye
En varios países esta discusión ya ha derivado en la creación de sistemas nacionales de cuidados, cuyo objetivo es redistribuir las responsabilidades de cuidado entre el Estado, el mercado y las familias.
Un ejemplo reciente es Chile, que en febrero de este año promulgó la ley que crea el Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados, conocido como Chile Cuida. Esta norma reconoce explícitamente el derecho al cuidado como un cuarto pilar de la protección social, junto con la salud, la educación y la seguridad social.
La lógica detrás de estos sistemas es clara: el cuidado no puede seguir siendo tratado exclusivamente como un asunto privado de los hogares. Por eso, las políticas de cuidados suelen incluir servicios de atención infantil, centros de apoyo para personas mayores o dependientes, programas de apoyo a cuidadores y medidas que faciliten la conciliación entre la vida laboral y familiar.
En el Perú, sin embargo, el desarrollo de una política pública de este tipo sigue siendo incipiente. Mientras el cuidado continúe siendo tratado exclusivamente como una responsabilidad privada de las familias, el resultado será el mismo: jóvenes que abandonan estudios o empleo para cuidar, años de habilidades invisibles y una enorme cantidad de talento que el país decide no aprovechar.
Entonces… una pregunta que debería incomodar a la campaña electoral
El debate sobre igualdad de oportunidades para las mujeres suele centrarse en el acceso al empleo o en las brechas salariales. Pero hay una pregunta previa que casi nunca se formula: ¿quién está pudiendo siquiera llegar al mercado laboral?
Para miles de jóvenes peruanas, el problema no empieza en el salario ni en la promoción profesional. Empieza mucho antes: en un sistema que da por sentado que el cuidado será resuelto dentro de los hogares y que, en la práctica, termina recayendo sobre ellas.
El resultado es una forma silenciosa de exclusión. Años de aprendizaje que no se reconocen, capacidades que el mercado laboral no ve y trayectorias profesionales que nunca llegan a comenzar.
En medio de un proceso electoral donde se discuten crecimiento, empleo y formalización, resulta difícil entender por qué este tema sigue prácticamente ausente de la conversación pública.
Si el país quiere ampliar su base de trabajadores formales, mejorar su productividad y generar más oportunidades para las mujeres jóvenes, la pregunta por el sistema de cuidados debería estar mucho más presente en la agenda de quienes aspiran a gobernar.
Tal vez este 8 de marzo la pregunta más incómoda no sea cuántas mujeres trabajan. Tal vez la pregunta debe ser otra:
¿Cuántas siguen fuera del sistema porque alguien tiene que cuidar y el país todavía no ha decidido cómo hacerse cargo de esa realidad?
Y, sobre todo, qué candidatos están dispuestos a convertir ese problema en una política pública efectiva.