Día del Padre: ¿Cúanto cuesta estar presente?

Por: Paloma Cotrina, Especialista Legal de Horizonte Laboral 

Hay una imagen que casi todos guardamos, aunque no siempre la nombremos: la del padre que llega cuando ya estábamos por dormir. El ruido de la puerta, los pasos cansados. A veces alcanzaba para un beso en la frente; a veces solo para escuchar, desde la cama, que por fin había vuelto. Crecimos midiendo el cariño de nuestros padres no tanto en lo que decían, sino en lo que hacían: en levantarse temprano, en no quejarse, en estar de algún modo aunque no estuvieran del todo.

Cada tercer domingo de junio, el Día del Padre nos invita a reconocer esa figura que solemos dar por sentada. Asumimos que el padre provee y que está presente cuando se lo necesita. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a examinar las condiciones reales en las que muchos padres peruanos cumplen ese rol, ni el precio que pagan por hacerlo. Detrás de la celebración hay una realidad laboral que merece atención: la de aquellos padres que sostienen sus hogares en condiciones de alta vulnerabilidad, y para quienes proveer y acompañar se han convertido en objetivos difíciles de conciliar.

Un caso particularmente revelador es el de los padres que encabezan solos un hogar monoparental. En 2025, cerca de 122 mil hombres en el Perú asumieron esa responsabilidad, es decir, criaban y mantenían a sus hijos sin una pareja con quien compartir la carga. A pesar de su número, rara vez aparecen en la discusión pública sobre el mercado laboral, y su situación específica suele quedar invisibilizada: la de quien debe ser, al mismo tiempo, el único sostén económico y la principal figura de cuidado dentro del hogar.

La gran mayoría de estos padres sostiene a su familia desde el trabajo. El 88.7% se encuentra ocupado —alrededor de 107 mil padres—, mientras que el resto se reparte entre quienes están desempleados y quienes permanecen inactivos. El problema, por tanto, no radica en la falta de empleo, sino en su precariedad. Tres de cada cuatro —el 75%— se desempeñan en la informalidad, lo que implica ingresos inestables, ausencia de protección frente a la enfermedad o el desempleo, y una vejez sin respaldo: más de la mitad, el 57%, no aporta a ningún sistema de pensiones. Sostienen un hogar completo desde una posición que, ante cualquier imprevisto, puede ceder. Y cuando una familia depende de un único ingreso, esa fragilidad deja de ser una abstracción estadística para convertirse en una condición permanente.

Gráfico N° 1: Distribución de los padres de familias monoparentales, según condición de actividad (2025)

Fuente: INEI – ENAHO (2025)

Esa presión se traduce en una carga laboral considerable. En promedio, estos padres trabajan 50 horas a la semana, una cifra que supera holgadamente la jornada ordinaria. Y el esfuerzo se intensifica entre quienes no logran cubrir sus necesidades con un solo trabajo: casi uno de cada cinco —el 19.3%— tiene más de un empleo. El pluriempleo, que en las estadísticas figura como una categoría neutra, responde aquí a una necesidad concreta, pues un solo trabajo no basta para sostener en solitario a una familia. No se trata de una decisión orientada a acumular, sino de una respuesta a la presión económica de quien no tiene con quién repartir esa carga.

Las cifras permiten dimensionar lo que ese segundo empleo significa. Mientras un padre con un solo trabajo dedica en promedio 48 horas semanales, uno con pluriempleo alcanza las 57 horas: su ocupación secundaria le suma, en promedio, 17.4 horas adicionales cada semana. Es aquí donde aparece un costo que ninguna planilla registra. Esas 17.4 horas no se pagan únicamente con esfuerzo y cansancio, sino también con tiempo: el tiempo de presencia y de crianza que el padre deja de dedicar a sus hijos. Equivalen, en la práctica, a casi una jornada laboral entera por semana que transcurre fuera de casa, lejos del acompañamiento escolar y de la vida cotidiana de la familia. 

 Tabla: Jornada de los padres de familias monoparentales (horas semanales)

Fuente: INEI – ENAHO (2025)

No se trata de un menor interés del padre por estar presente, sino de un mercado laboral que ha encarecido esa presencia hasta volverla, para muchos, inviable. Trabajar más para proveer mejor implica, simultáneamente, estar menos. Y ese costo, a diferencia de los ingresos, no se contabiliza en ninguna parte, aunque lo asuman tanto los padres como los hijos.

Esta es la paradoja que conviene examinar en una fecha como esta. La sociedad celebra al padre proveedor, pero el mercado laboral ha terminado por convertir proveer y acompañar en objetivos que difícilmente coexisten. Se espera que el padre esté presente y, al mismo tiempo, las condiciones económicas lo empujan hacia una segunda jornada para que el hogar funcione. No estamos ante casos aislados, sino ante miles de padres que enfrentan a diario esa disyuntiva, en su mayoría sin que ello reciba mayor atención.

Reconocer esta situación no equivale a presentar a estos padres como víctimas. Por el contrario, sostienen sus hogares con un esfuerzo y una constancia que merecen reconocimiento. De lo que se trata es de visibilizar algo que pocas veces se enuncia con claridad: que detrás de cada padre que asume dos empleos hay un hijo que recibe menos tiempo del que necesita, y que esa situación no obedece a una elección personal, sino a un sistema que ofrece escasa protección, una formalización aún menor, y que deja en manos de cada familia la resolución de lo que debería ser una responsabilidad compartida.

En el Día del Padre, quizá valga la pena trascender el reconocimiento simbólico y formular una pregunta de fondo: ¿qué clase de mercado laboral le estamos ofreciendo a quienes crían? Porque un país que obliga a sus padres a elegir entre estar presentes y poder mantener a sus familias no está, en rigor, celebrando la paternidad. La está sometiendo, día tras día, a una prueba cuyo costo asumen quienes menos deberían pagarlo.

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