Por: Mayén Ugarte, Presidenta del Consejo Directivo de Horizonte Laboral
En un edificio de Jesus María, una mujer de 56 años acaba de cerrar su laptop tras ocho horas de trabajo remunerado. Pero su día no terminó: le esperan cinco horas más de trabajo que nadie le paga. Preparar la cena, acompañar a su madre de 78 años a su cita médica de mañana, ayudar a su hijo de 21 que está estudiando y que aún no consigue empleo.
Tres pisos más abajo, una profesional de 35 años revisa su cuenta de ahorros y hace el cálculo que ya hizo mil veces: con su sueldo y los precios actuales, la vivienda propia no llega, el segundo hijo tampoco, y sobre sus padres prefiere no pensar todavía.
Aunque parecen distintos, son el mismo problema en dos momentos del tiempo: ella heredará, en diez años, la misma posición que hoy agobia a la mujer de arriba. Solo que en peores condiciones.
¿Qué pasa cuando un país deja de ser joven sin haber resuelto quién cuida y quién paga? Esa es la pregunta que debería estar en la agenda de cualquier decisor público o privado en el Perú.
Hoy: la generación atrapada en el medio
La Generación X peruana (46 a 59 años) es el grupo generacional más numeroso del país: 8,7 millones de personas, el 27% de la población, con un 84% laboralmente activo, según Ipsos. Es también la que enfrenta simultáneamente el cuidado de hijos que no logran independizarse y de padres que envejecen. El Banco Mundial calcula que en América Latina una persona puede pasar hasta la mitad de su vida formando parte de esta «generación sándwich», y que la carga recae de manera desproporcionada sobre las mujeres de 40 a 60 años.
La evidencia peruana va en el mismo sentido. La Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT 2024) del INEI revela que las mujeres dedican casi 5 horas diarias al trabajo no remunerado, más del triple que los hombres (1:35) y el pico de esa doble jornada se da justo en la mediana edad donde las mujeres de 40 a 49 años sostienen casi 6 horas diarias de trabajo invisible mientras atraviesan la etapa más intensa de su vida laboral remunerada.
Lo hacen, además, desde una posición de extrema fragilidad económica. Tres de cada cuatro mujeres de 45 a 59 años trabajan, pero el 71% de los ocupados de 45 y más años está en la informalidad, sin seguro contributivo ni aportes previsionales. El 35,9% de los hogares peruanos ya son jefaturados por mujeres, con ingresos 16% menores que los de los hombres y 30% más de riesgo de pobreza. Y el horizonte no mejora: el 65% de los peruanos mayores de 65 no tiene pensión contributiva, y cuando la hay, los ocho retiros extraordinarios de AFP autorizados entre 2020 y 2025, vaciaron los fondos de quienes hoy están a pocos años de jubilarse.
En diez años: la misma trampa, pero con menos recursos
La mujer de 35 años tampoco se va a librar de este destino. De hecho, le llegará en peores condiciones. Según proyecciones de CEPAL (Ipsos Generations Report 2026), entre 2025 y 2035 la población peruana de 60 a 80 años crecerá 35% y la de 46 a 59 años crecerá 24%, mientras la de 13 a 29 años se contraerá. El Perú está dejando de ser un país joven sin haber resuelto cómo se cuida y cómo se financia a quien envejece.
Quienes hoy tienen entre 30 y 45 años (buena parte de ellos, millennials) heredarán la posición de cuidadores hacia 2035. Pero llegarán con tres desventajas sobre la Generación X. Primero, serán menos porque la fecundidad cayó a 1,8 hijos por mujer (ENDES 2024), así que el cuidado de cada padre anciano se repartirá entre uno o dos hijos, no entre cuatro o cinco. Segundo, sus propios padres serán más longevos y más pobres, será una generación que envejece sin pensión y con fondos diezmados, dependiendo de transferencias de sus hijos no solo para el cuidado físico sino para vivienda, alimentación y salud. Tercero, ellos mismos viven ya la «economía de la resistencia»: la adultez postergada, la vivienda inalcanzable, la maternidad después de los 30 por razones económicas. Sus hijos serán aún adolescentes cuando sus padres entren en dependencia. La superposición que hoy es parcial en la Generación X, será total en la generación siguiente.
La otra cara: una economía plateada que no sabemos ver
Hay una lectura empresarial de esta misma demografía que el Perú está ignorando. Ipsos documenta que los mayores de hoy no viven como los mayores de hace diez años. Los adultos de 60 a 70 años se comportan en muchos aspectos como los de 55 de hace una década, con mayor conexión digital, más autonomía, mejor salud y mayor peso económico. Los llama «omnigenerarios», una población mayor que se mantiene activa durante más tiempo.
El mercado, sin embargo, los invisibiliza ya que solo el 8% de los anuncios publicitarios presenta a una persona mayor en un rol principal, cuatro de cada diez personas reconocen que las marcas priorizan a los menores de 50, y cuando se sienten ignorados, la lealtad se rompe. El 54% de los Baby Boomers declara no ser fiel a ninguna marca por esa exclusión. En el Perú, más de 5,3 millones de personas de 50 años a más están ocupadas, la mitad como emprendedoras o trabajadoras independientes. No son una población pasiva esperando asistencia, son la fuerza económica que las empresas no están viendo y que el Estado no está habilitando.
La pregunta que deberían hacerse tanto el sector público como el privado al diseñar sus servicios es cómo simplificarles la vida, liberarles tiempo y ayudarles a cuidar a padres e hijos al mismo tiempo. Quien resuelva eso tendrá los votos y el mercado de la próxima década.
Lo que el Estado puede hacer hoy (y lo que no debe intentar)
El Perú no es Alemania ni Suecia. Tenemos una administración pública con capacidad inspectiva limitada y un mercado laboral donde el 70% opera fuera de la formalidad. Toda política cuyo cumplimiento dependa de fiscalización activa será letra muerta, o peor, generará efectos perversos. La experiencia reciente del teletrabajo es ilustrativa. La Ley 31572 y especialmente su reglamento cargaron la modalidad con tantos requisitos y riesgos de sanción que muchas empresas han preferido reducir las posiciones elegibles para trabajo remoto para no exponerse a una fiscalización. Sobrerregular lo que los incentivos privados ya empujaban en la dirección correcta destruyó valor en lugar de crearlo.
Con esa restricción en mente, una agenda realista tendría cinco patas:
1. Quitar obstáculos antes que crear obligaciones. Simplificar radicalmente la regulación del teletrabajo, convirtiéndolo en un acuerdo contractual entre partes, beneficiaría de inmediato a los trabajadores cuidadores sin costo fiscal ni administrativo. El incentivo privado ya existe porque la empresa ahorra infraestructura y el trabajador ahorra como mínimo dos horas diarias de traslado en Lima. El rol del Estado es no estorbar.
2. Premiar lo que se quiere ver, en lugar de castigar lo que no se puede verificar. Sellos voluntarios de conciliación trabajo/vida familiar con valor reputacional, puntaje adicional en compras públicas para empresas con políticas de cuidado verificables documentalmente, y deducciones tributarias simples por mantener empleo flexible o contratar trabajadores mayores de 50 años. Son mecanismos que no requieren inspectores a que las empresas se adecúan porque les conviene comercial y tributariamente.
3. Construir el Sistema Nacional de Cuidados como financiador, no como operador. El proyecto de ley impulsado por el MIMP lleva años en el Congreso. Su diseño debería privilegiar la contratación y subsidio de servicios existentes (centros de día, cuidadores certificados, respiro familiar) en lugar de una red de establecimientos públicos que el Estado no tiene capacidad de operar. ONU Mujeres ya publicó la estimación de costos para el Perú señalando que la expansión de servicios de cuidado tiene efectos netos positivos sobre empleo y recaudación. No es gasto; es inversión con retorno medible.
4. Apostar por el talento plateado. Beneficios fiscales a la contratación de mayores de 50, ampliación de programas de reconversión digital como Capacíta-T (que ya certificó a más de 10 mil personas de 50+ en habilidades digitales), mentorías intergeneracionales y líneas de financiamiento para emprendedores senior, considerando que el 27% de los peruanos mayores de 55 años no tiene ningún producto financiero formal. La experiencia no tiene fecha de vencimiento, pero necesita puertas abiertas.
5. Universalizar el piso previsional. El reconocimiento individualizado de los años de cuidado como aportes, deseable en principio, exigiría un registro de cuidadores que la administración peruana no puede operar hoy. El sustituto viable es ampliar la cobertura de Pensión 65, que tiene más de 170 mil adultos mayores admitidos en lista de espera. Es la intervención administrativamente más simple que existe pues solo requiere verificar edad y pobreza, y llega exactamente a quienes pasaron la vida cuidando sin cotizar.
La decisión que no se puede postergar
Las personas que hoy tienen 35 años no vivirán a los 55 como las que hoy tienen esa edad. Para el Perú, esa constatación no es solo un insight de marketing. Es la descripción exacta del riesgo: la próxima generación de cuidadores será más pequeña, más precarizada y más escéptica que la actual, y recibirá en herencia a una generación de mayores más numerosa y más pobre que ninguna otra en la historia del país.
Para las empresas, la decisión es de mercado. La trabajadora de 56 años que hoy cuida a su madre es la profesional más experimentada de la organización y, por los próximos diez años, la consumidora con mayor poder de decisión del hogar. Ignorarla hoy es perderla dos veces.
Para el Estado, la ventana es ahora. Los millennials aún tienen una década de vida laboral por delante para cotizar, y la Generación X aún no entra masivamente en dependencia. Cada año de inacción reduce el margen.
Y para todos, el dato que debería enmarcar el debate: la Cuenta Satélite del INEI estima que el trabajo doméstico no remunerado vale el 20,4% del PBI. La quinta parte de la economía nacional funciona gracias a personas, mayoritariamente mujeres, que no reciben ni un sol por ello y que están llegando a la vejez sin nada a cambio.
No podemos seguir postergando esta decisión. La ventana de acción es esta década, no la próxima.